El periodismo se encuentra, sin duda, entre las profesiones que mayor impacto (consecuencias) tienen sobre la sociedad. La libertad de información y de expresión no es un derecho fundamental más: es la base de todas las demás libertades y un instrumento para garantizar otros derechos del ser humano.

Precisamente por ello conviene diferenciar entre el desempeño profesional técnicamente correcto y el ejercicio ético. La aplicación de un código deontológico se presentan como una buena base en la actividad periodística, pero es sólo el comienzo (su mera existencia, no garantiza su cumplimiento).

La crisis de valores en la que parece sumirse la sociedad y la crisis económica que ahoga el buen hacer informativo -haciendo peligrar ética y deontología periodística- no justifican prácticas reprobatorias. Tampoco es excusa la ausencia de códigos nacionales ni la existencia de extensos desiertos éticos o archipiélagos de desconocimiento. Ahí tenemos el código de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE), quizás el más conocido en nuestro país, y las (auto)regulaciones éticas (ya estén agrupadas en códigos, estatutos, convenios o incluso libros de estilo) de una docena de medios y colectivos profesionales.

El problema de la ética y deontología en el desempeño de la actividad informativa no hay que buscarlo en la redacción de códigos (que no dejan de ser guías de buenas prácticas cuya sanción -a quien las incumple- rara vez va más allá de exposiciones pseudo-públicas sobre rechazo moral). Tampoco en la formación, ya que no es cuestión de desconocimiento: los (futuros) periodistas se familiarizan con las normas básicas de desempeño profesional durante los primeros años de Universidad.

La ausencia de ética y deontología no deriva de una ignorancia profunda por parte del profesional. Todos los informadores saben que deben perseguir la objetividad informativa (o cuanto menos distinguir entre opinión e información), contrastar fuentes (que no deja de significar “alejarse de la rumorología”), investigar antes de publicar, respetar a la persona (intimidad, honor)…

La vulneración de los principios fundamentales del periodismo y de los deberes (morales) del periodista debemos buscarla en la carencia (¿necesidad de trabajo?), la inconsciencia (desconocimiento de las consecuencias de sus actos) y la flaqueza. Muchas veces el incumplimiento deontológico procede de presiones externas y ¡no nos engañemos! en la punta de la pirámide no están los grupos políticos, antes lo están los poderes económicos, la propia empresa informativa para la que se trabaja (directivos, superiores, que atienden a criterios mercantilistas) y… el entorno. Pero lo cierto es que su incumplimiento lo encontraremos primero en las propias motivaciones del periodista: personales o internas (principios, valores y creencias).

Considero importante este último punto. No hay nada más influyente sobre uno mismo que la propia consciencia; ella regirá por encima de todo lo demás y es la única capaz de garantizar criterios éticos en la redacción y edición periodística. Con códigos éticos generales y sólidos principios quizás podamos preocuparnos un poco menos de las lagunas sobre tratamiento informativo de grupos vulnerables. Sólo un poco menos.

comillas¿Un código para informar sobre minorías sociales y grupos vulnerables?

Existen líneas firmes e instrucciones precisas referidas a infancia [aunque dicho sea de paso: no siempre se respetan], pero no es el caso de otras personas (colectivos, grupos, poblaciones) socialmente vulnerables. Las minorías étnicas y religiosas apenas tienen mención en los códigos deontológicos del periodismo, más allá de las líneas generales que establece la propia Constitución sobre la “discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” y recomendaciones generales sobre la omisión de tales datos, salvo estrictamente necesario para la información publicada [o comprensión de la misma], y el uso de expresiones o testimonios lesivos.

En principio pudiera parecer innecesario el desarrollo de un epígrafe en código deontológico o regulación ética referido al tratamiento de los “vulnerables” (o incluso “invisibles”) de la sociedad. Desde luego, si no existen dichas regulaciones: se presentan como imprescindibles manuales o guías específicas de acceso libre que sirvan de orientación para periodistas comprometidos (hace falta más que buena voluntad en temas sensibles y de alto impacto social).

El Colegio de Periodistas de Catalunya publicaba en 2007 un “Manual de estilo periodístico para el tratamiento de las minorías étnicas“, como parte del “Manual recopilatorio de buenas prácticas periodísticas” promovido por la Coordinadora de ONG de Euskadi de Apoyo a Inmigrantes, Harresiak Apurtuz. Pero ocho páginas se quedan cortas. Entidades internacionales pro derechos humanos también publican guías genéricas y recomendaciones sobre tratamiento informativo de los colectivos que defienden, pero con una visión (demasiado) parcial.

Quizás sea el momento de pensar en grande, trabajar coordinadamente y adoptar compromisos. Quizás sea el momento de reconocer que también los periodistas españoles necesitan su “Carta di Roma, un protocolo deontológico referido a solicitantes de asilo, refugiados, víctimas de trata e inmigrantes. Y quizás también necesiten de otras muchas Cartas referidas a minorías religiosas, personas con diversidad funcional (discapacidades, enfermedades), sin hogarPuede que incluso sea el momento de adaptar los códigos deontológicos del periodismo a las tecnologías de la información y la comunicación, a los medios digitales y a los medios de comunicación social [o Social Media].

Personnes d'ici et d'ailleurs - Bruxelles multiculturelle (VI) | Créditos: Bárbara Fernández. Fuente: instagram.com/bafega

Personnes d’ici et d’ailleurs – Bruxelles multiculturelle (X) | Créditos: Bárbara Fernández. Fuente: instagram.com/bafega

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