Dedico tantas horas a las redes sociales que llego a perder la perspectiva. A veces confundo mundo real con espacio virtual. Despiertan casi la misma “emoción” mis relaciones mediante ordenador o dispositivo móvil con conexión a Internet que las conversaciones rápidas con personas de carne y hueso en mi día a día “exterior”.

Cuando gestionas varias cuentas y personalidades en redes sociales llegas a olvidar que detrás hay personas reales; el subconsciente piensa en robots o seres tan automatizados como tú [correcto, me siento un pseudorobot o un ente automatizado cuando trabajo, sobre todo cuando paso más de cinco horas seguidas sin levantar la vista de la computadora enredada con comunicaciones virtuales]. Y ocurre, por ejemplo durante un café pausado, que alguien te cuenta una historia auténtica renacida con Facebook… ¡entonces abres los ojos como platos y andas pensando en ello durante muchos días!

Las redes sociales gestionadas como espacio de ocio y relaciones personales se convierten en prólogo de citas desvirtualizantes y (re)encuentros que se viven con los cinco sentidos.

El calor asfixiante de agosto no justifica la reducción del consumo de cigarrillos. Menos aún en esas noches de insomnio donde el pasado decide hacer una de sus inesperadas visitas. La cronología de Facebook no termina de llenar el vacío de sensaciones ni menos aún de agotar para rendirse al sueño.

Qué será de él. Veinte años. O más. Cuánta desolación, cuánto amor perdido. La vista sube y baja por la ventana del ordenador que deja ver la red social y la actividad de un puñado de familiares y amigos. No es mucho más interesante que los árboles encendidos por farolas color naranja y un deprimente cielo gris oscuro, de noche contaminada por la gran ciudad.

Tap-tap-tap.Busca personas, lugares o cosas”, propone el buscador de Facebook en ese espacio superior blanco al que sigue una mini lupa. ¿Y sí…? se pregunta una noctámbula del espacio virtual a la que ni tiempo ni penas lograron borrar su descarado atractivo. Tap-tap-tap. ¡No es tan fácil encontrar a quién buscas! Claro que nadie dijo que lo fuera… Tap-tap-tap. No puede ser. Es él. No ha cambiado tanto. Media mente vuela a universos imposibles mientras la otra media viaja en el tiempo para recordar lo que un día se guardó bajo candado. Tap-tap-tap. Mejor perderme entre las historias de mis amigos o un juego solitario en una noche nostálgica. Tap-tap-tap. Sin duda es él. Los ojos brillan más, el corazón se acelera, un nerviosimo inesperado rejuvenece el alma, los dedos teclean rápido. Tap-tap-tap-enviar.

La noche se hace larga, una espera interminable donde la probabilidad apunta a mutismo y a otro manojo de años [o eternidad] de incertidumbre.

En realidad fueron sólo unas horas, pero los minutos supieron a años y los segundos a semanas. ¿Eres tú? Es él. Ni un doble de tisana con valeriana lograría frenar la violencia con la que se expresa el músculo situado en la cavidad torácica. Palpitaciones cardíacas oprimen el pecho y cierran la garganta imposibilitando la emisión de cualquier sonido. El cigarro que hubiera querido servir de tranquilizante se consume solo ante una mirada fija en una pantalla. Biografía – información – fotos – amigos – … ¡FOTOS! La mano se mueve sola desde el ratón para facilitar la información requerida de la página (perfil personal) del nuevo amigo en Facebook. El recuadro de mensajes se queda esperando una respuesta acertada, sin reproches.

Tap-tap-tap. Sí, soy yo. ¿Qué tal? Y unos meses después el rencuentro, la continuación de un romance de jóvenes inexpertos que se mantuvo en coma durante décadas.

Las tecnologías de la comunicación forman parte de la terapia diaria con la que superar las secuelas provocadas por un destino fallido que, sin embargo, no fue capaz de sosegar pensamientos ni sueños compartidos en estricto silencio.

By Luke Chesser | Unplash

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