Cada 20 minutos una mujer es violada en la India. Aún retumba en mi cabeza la información que oí hace unas horas. Como si de una broma se tratara, una de muy mal gusto. Pero ahí están los datos de 2011 de la Oficina Nacional de Registro de Crímenes, unos números que revelan la magnitud de una lacra que atenta contra toda la sociedad.

La violencia hacia la mujer está tan presente en los países desarrollados económicamente como en aquellos azotados por la pobreza. La gran diferencia es que en estos últimos, disfrazada con ropas de no se sabe muy  bien qué cultura, está normalizada (por no decir aceptada) y se tolera tácitamente. Pero en Nueva Delhi han aprendido a no guardar silencio.

La indignación recorre las calles de la capital del gigante asiático. Protestas generalizadas, que ya cuentan con un policía muerto y cientos de  heridos y detenidos, muestran la indignación hacia la violencia gratuita contra las mujeres. Una oleada desencadenada por la violación, hace apenas una semana, de una joven de 23 años en un autobús. Bastó una hora para que seis hombres, entre otros el propio conductor del autobús, sentenciaran la vida de una estudiante de fisioterapia. Abusos sexuales y una brutal paliza dejaron a la joven con graves daños internos. Sin habla. Y falleció esta mañana, también en silencio.

Pero la calle grita. Grita mayor protección a las mujeres, reclama seguridad en las calles, exige más que cadena perpetua para los violadores. Porque cada 20 minutos una mujer es violada en la India, pero tan sólo uno de cada cuatro casos el violador es condenado. Culpan a la corrupción del cuerpo policial, pero las causas son más profundas.

En la potencia emergente, la mujer es víctima de discriminación desde que nace – sin mencionar los frecuentes  abortos cuando se conoce el sexo del bebé-. Una desigualdad de oportunidades que se dispara cuando interviene la pobreza, la religión y el estatus social de la familia.

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