Cuentan de un sabio que un día le gustaba recitarme a mi abuelo.

Andaba yo corriendo bajo un sol caluroso una mañana de junio. Estaba molesta porque desde mi nuevo Samsung Galaxy Note 3 no conseguía sintonizar radio musical alguna. Avanzaba a paso ligero y bien enfurruñada por llevar prisas debido a una impuntualidad no justificada (llamadas de periodistas que preguntaban por verdades que no puedo contar). Y ¡cómo no! resoplaba más que airada por no haber podido responder a las últimas menciones en Twitter.

tan pobre y mísero estaba, 

Enturbiada por pensamientos desazonados me percato de la presencia insistente de tres jóvenes que atraviesan la calle al mismo tiempo que yo, se detienen a pocos metros cuando un semáforo rojo me impide continuar mi marcha acelerada y se apuran cuando cambio mi ritmo de paseo desganado por trote nervioso.

que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.

Me aproximo a unos municipales con intención de disuadirles de seguir acercándose. Obviamente me vieron guardar mi Note 3 y probablemente responder a la Blackberry en un tono demasiado formal para ser ciertas las apariencias que ofrece una chavala de aires descuidados con chanclas, bermudas y camiseta barata.

¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?

Una carrera rápida que me permitió saberme en forma no fue tan disuasoria como la presencia de otro jovenzuelo recién estrenada la mayoría de edad que me pregunta por el Hospital Doce de Octubre. “Hacia allí me dirijo”, contesto aliviada. “Podemos ir juntos, ya que tengo a tres muchachos detrás probablemente con intención de robarme”. Cuando ambos giramos la cabeza vemos cómo ellos cambian su recorrido.

y cuando el rostro volvió
halló la respuesta,

“Voy a ver a mi hermano, tiene cáncer”. Me quedé literalmente muda. ¿Es joven? acerté a decir. “No mucho, tiene 30 años”. Mis pensamientos vuelan hacia mi trigésimo aniversario y me culpo de aquel sentimiento de insipidez. “No hay esperanza, ya ha perdido mucho, ahora parece un niño de 10 años”. Me obliga a volver rápido al ahora ¡Cuánto lo siento, no sé qué decir! “Bueno, eso no es lo peor”. ¿Ah, no? “Andamos pendientes de una resolución, lo  metieron en prisión a los 18 años por una pelea en el gimnasio, no fue su culpa”. ¡Cielos! “Sí y en la cárcel no hacían caso a su dolor, ya sabes. Hasta que un día se desmayó y descubrieron todo. Mi madre no lo sabe”. ¿Ah, no? “No, le da algo”. El Doce de Octubre se alza ante nosotros. “Bueno, eso no es lo peor de nuestra historia”. ¿Ah, no? “Mi padre nos abandonó y nos dejó sin nada, yo era aún un crío. No estudiamos. Pero de la vida también se aprende, ¿eh?” El nudo en la garganta me impedía cualquier tipo de sonido y las glándulas lagrimales acertaron con su disfunción mientras un sentimiento de inferioridad moral comenzaba a invadirme. “¡Oye, que muchas gracias! ¡Que se me ha hecho muy ameno el paseo!” me sonríe mientras atraviesa la acera y yo dedico una sonrisa triste que más bien es un lamento por la inmadurez que vestía desde que salí de casa.

viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.

Y en mi cabeza aún resuenan fragmentos de La vida es sueño de Calderón de la Barca, con la voz de un sabio cuyas enseñanzas entiendo más ahora que entonces.

“Hungry for your touch” (Jan Saudek , 1971)

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