España es el sexto país del mundo que más alegría ha perdido desde 2007, según el último Informe de Naciones Unidas sobre la felicidad mundial.

El ritmo de producción que mantuvo el país hasta vísperas de la crisis que azotó la economía mundial, cayó estrepitosamente al no encontrar nuevos pozos de alegría de los que extraer el preciado bien. Aún así consigue situarse entre los 38 países más felices del mundo.

Desempleo, corrupción, descenso del PIB y de la libertad de elección, cortes en la solidaridad y generosidad ciudadana a favor del individualismo… el semáforo social está en rojo para países mediterráneamente felices como España, Grecia, Italia y Portugal.

El trabajo hace feliz al ciudadano, podría haber concluido en su informe la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Precisamente porque los peores puestos europeos en la cola del ranking de felicidad están motivados por el paro, que es como el mal capital del que derivan muchos otros males: pérdida de poder adquisitivo, descenso de oportunidades y menor capacidad de elección, fragilidad de la salud y mayor exposición a adicciones (abuso de sustancias), crecimiento de la desigualdad social, …  Vamos, “una catarata inabarcable de efectos sociosanitarios interrelacionados”, que diría Joan Benach.

Y aunque por aquí se vea todo gris oscuro, lo cierto es que el mundo sonríe más que hace cinco años.  La felicidad creciente de sesenta países ofrece razones para el optimismo, a pesar de que España y otros cuarenta países hayan reducido considerablemente sus reservas de dicha. Los noreuropeos Dinamarca, Noruega, Suiza, Países Bajos y Suecia son los países más felices del mundo, mientras que la mayor concentración de infelicidad se encuentra en África con Togo, Benín, República Centroafricana, Burundi y Ruanda a la cabeza.

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