La observo en silencio, porque ella no es amiga de ruidos. Con menos de un mes ya tiene carácter: su apacible y níveo semblante se torna enrojecido si tardas en atender a sus llamadas más suaves. Entonces, reclama sus derechos a gritos. Chilla, sí: porque ella no es muy de llorar.

También muestra su temperamento cuando duerme: su repulsa hacia sonidos discordes y hacia movimientos bruscos [durante un paseo, por ejemplo] la expresa frunciendo el ceño y emitiendo silbos o gruñidos que no siendo primeriza a veces hasta preocupan.

En ocasiones también hace muecas que parecen sonrisas. Entonces quiero tener el móvil cerca [hace ya tiempo que ejerce de cámara, ordenador y teléfono, por este orden] para capturar el instante. Y si lo consigo, lo comparto vía Whatsapp con unos pocos amigos y familia. No lo comparto en Facebook –donde pasean muchos de mis amigos y conocidos- ni en mi Twitter o Instagram –lugares de reunión frecuentados por desconocidos-. Me reafirmo en esta decisión argumentando cuestiones de privacidad, aunque en el fondo sé que las aplicaciones y servicios de mensajería no ofrecen muchas más garantías que otros medios de comunicación social [Social Media].

Y no termino de aparcar el móvil a pesar de ser conocedora de la ironía [o mejor dicho: ¡trampa!] que supone inmortalizar “el momento”: aun cuando logras la deseada foto, no guardas el instante para siempre: lo pierdes. Obtienes un bien material a costa de perder valiosos intangibles: un puñado de emociones y sentimientos resultantes de combinar percepciones procedentes de los cinco sentidos. Es decir, pierdes lo que ofrece la comunicación mediante presencia física.

Esta pérdida puede ser muy grande cuando intentas (“necesitas”) transmitir dicho momento ¡y en el preciso “momento” en que ocurre! a quien está lejos: abandonas tu compañía real para pasar a un estado de virtualidad, de ausencia latente. Porque cuando empleas dispositivos electrónicos ni estás aquí ni estás allí, no estás en ninguna parte. Y realmente… con nadie.

No hay duda: la comunicación “tecnología mediante” es la única posible cuando se trata de salvar diferencias y obstáculos geográficos, pero la cosa cambia en distancias [muy] cortas. Entonces se convierte en vía de escape para suplir y simplificar la mucho más compleja y sin embargo efectiva comunicación cara a cara. Podríamos pensar incluso que no es más que una invención para satisfacer la necesidad humana de comunicar, aunque sea a costa de hacerla ficticia… o peor: un modo de controlar a las nuevas masas cuyos intelectos parecen adormilados ante el “exceso” y “facilidad” de información en la era digital.

Y mientras escribo estas líneas por pura “necesidad de comunicar”, la miro de reojo. Duerme plácidamente con sus brazos extendidos. A ratos respira agitadamente para segundos después retomar la calma. Mueve ligeramente sus diminutas manos y sé que muy pronto me reclamará.

¡Ay del ser humano y de su necesidad innata de comunicar! ¡Ay de las tecnologías!

 

¡Hola! | Créditos: Bárbara Fernández. Fuente: instagram.com/bafega
¡Hola! | Créditos: Bárbara Fernández. Fuente: instagram.com/bafega
2 Comentarios to “ Sofía y la necesidad innata de comunicar ”
  1. Iván

    La mejor comunicación es, fue y será el cara a cara. No hay nada que la pueda sustituir. Una mirada te dice lo que no te dicen los labios, y mucho menos un dispositivo electrónico. Si se pierden las relaciones personales (camino llevamos) ¡qué será de nosotros! ¡Gran Post! ¡Grande Sofía!

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    • Bárbara Fernández

      Muchas gracias por tu comentario y reflexión que comparto plenamente, Iván. Nada puede ni podrá sustituir la efectividad y riqueza de la comunicación cara a cara. ¡Avancemos por la senda de la era digital con los pies calzados de realidad!

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