La no discriminación por razón de sexo, un derecho fundamental que no ha sido reconocido mundialmente hasta bien entrado el siglo XX, aún no ha alcanzado su apogeo. Prácticamente todas las sociedades del mundo conocidas, occidentales y orientales, formadas por diferentes culturas y etnias, con distintas ideologías, religiones y culturas, mantienen de un modo u otro, patente o latente, algún tipo de discriminación hacia la mujer.

La Convención sobre la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (1979) define dicha discriminación contra la mujer como toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o por resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera.

Hombre y mujer, diferente sexo, distinto género; pero iguales en derechos y deberes, misma condición humana. La distinción en razón de sexo – entendido éste desde un punto de vista físico-, ha justificado descripciones características, no menos excluyentes, como ‘sexo débil’ (mujer) y ‘sexo fuerte’ (hombre). La diferencia de género es, sin embargo, un aspecto puramente cultural. No se trata de un binomio o una contraposición, sino que conoce, lingüísticamente, más variaciones (por lo menos: masculino, femenino y neutro). Aunque no es menos cierto que esta distinción por género se encuentra en las lenguas indoeuropeas, mientras que en otras no existe tan diferenciación, no es relevante.

Precisamente, la discriminación hacia la mujer se basa en aspectos culturales, ‘aprehendidos’ socialmente. Se fundamenta en los estereotipos de hombre y mujer, en las funciones (y posiciones) atribuidas por la sociedad a cada uno de ellos.

Tras muchos siglos de lucha, las mujeres han conseguido que se admitan sus derechos, no tanto por su condición sexual (diferencia), sino por su condición humana (igualdad). Han sido reconocidos -aunque ni todos ni siempre respetados: el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona; derecho al reconocimiento de su personalidad jurídica; derecho a igual protección de la ley; derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado; derecho a casarse y fundar una familia mediante libre y pleno consentimiento; derecho a la propiedad; derecho a la libertad de opinión y de expresión; derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos; derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país; derecho al trabajo y a una remuneración equitativa y satisfactoria; derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas; derecho a la educación.

No todas las mujeres tienen acceso al trabajo, ni a los mismos puestos directivos y políticos que los hombres, ni reciben la misma remuneración por el mismo trabajo realizado, y están más expuestas que cualquier otro ‘colectivo desfavorecido’ (si es que se puede considerar como tal) a las explotaciones laborales y sexuales. Los índices mundiales de analfabetismo les afectan sobre todo a ellas. Hay países en los que se le sigue negando el derecho a votar, y en otros en los que, aunque sí que cuenten con derechos democráticos, nunca han alcanzado un puesto de poder en la política. En algunos países, el espacio público les está vetado.

Los puntos más críticos no deben, sin embargo, impedir observar y admitir los grandes avances alcanzados por la igualdad de derechos y oportunidades de las mujeres. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, reza el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Aún no lo hemos logrado, pero estamos un poco más cerca de conseguirlo.

 

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